La boticaria

domingo, 11 de septiembre de 2011


Por Malala González

La luz que da sala se apaga y una ficción se despliega en completa oscuridad. Somos interpelados a recrear con la imaginación un relato que resultará, sencillamente, delicioso. No vemos, sólo escuchamos el comienzo de una historia inspirada en el cuento del gran Chéjov. Y, a medida que avance, será el espacio fragmentado por lo lumínico, el que nos haga oscilar entre el ver y el no ver, entre lo narrado oralmente y lo escénicamente construido.

La trama se ubica en un pueblito donde son dos que tocan el timbre de la botica y una es la que atiende a largas horas de la noche calurosa. Ella, que los deja entrar, y ellos, que aceptan con una excusa engañosa, son los que resuelven un encuentro simple y lleno de pequeños grandes momentos que, al finalizar la función, nos dejan una linda sensación.

La puesta (muy bien puesta ¡valga la redundancia!) junto con la dramaturgia del texto corren por cuenta de Verónica Mc Loughlin. Mientras que Marianela Iglesia, Francisco Espinal y Mauricio Minetti dan ruedo a las precisas y simpáticas actuaciones que completan favorablemente aquello que la oscuridad nos había proporcionado. Sonoramente la trama descansa sobre un extrañamiento auditivo diseñado por Manuel Toyos que se vuelve muy buen constructor de sentido, sumado al interesante diseño lumínico realizado por Matías Iaccarino y Carolina Rolandi.

Una pieza entrañable y delicada que no se priva de momentos de risa, y donde la pluma del autor ruso aparece y se agradece con tamaña soltura. Porque, como no podía ser de otra manera a lo “chejoviano”, se habla del amor, pero junto a él tienen lugar la soledad, la frustración y la desdicha del mundo terrenal. Así, el programa de mano previamente lo indica: “No hay en el mundo nada bueno que en su origen no contuviera una infamia”. Una historia de amor, de aquel capaz de gestarse de improviso en dos almas que, pudiendo encontrarse eternamente, tan sólo lo hacen por el breve lapso de un ratito (el que dura la pieza). Algo chiquito, breve, pero no por ello de poca monta, sino bien intenso, tal como el haber asistido un domingo a la tarde a ver La Boticaria.

Ficha técnica:

Dramaturgia y dirección: Verónica Mc Loughlin.

Elenco: Marianela Iglesia, Francisco Espinal y Mauricio Minetti.

Domingo 18.30hs. Teatro Anfitrión.

http://www.alternativateatral.com/obra20543-la-boticaria

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Apátrida, doscientos años y unos meses

viernes, 2 de septiembre de 2011



Por Mónica Berman

“(…) el crítico que hiere al pintor en la mano, la mano con la que pinta, (…) ese instante grosero en el que la vida, productora natural de metáforas, construyó semejante escena simbólica para fundar las nociones de “artista” y de “crítico”.

Rafael Spregelburd.

Apátrida es una propuesta sumamente interesante por doble motivo: uno es temático, la reconstrucción de una polémica entre crítico y artista, casi podría decirse, en un momento ¿fundante? en la historia ( ¿ es prehistoria o inicia el acto de fundación?) del arte argentino.

En cuanto a esta cuestión temática el dramaturgo parte de una investigación de Viviana Usubiaga y propone un encuentro muy particular porque los personajes de Eugenio Auzón y de Eduardo Schiaffino son llevados adelante por el mismo actor, en un juego que articula polifonía y unicidad corporal, sin dejar de poner por delante todo el tiempo el mecanismo de construcción.

Pero además del tema, el espacio construido con objetos vinculados con lo sonoro suma en otra dirección. Zypce, como “músico” (no, no le cuadra el nombre aunque también), hará un trabajo central en esta instancia.

Como hay que elegir para no convertir un texto que habla de Apátrida en un extenso capítulo de libro (tan rico es el material para pensar y disfrutar) opto por pensar una cuestión en particular y es el lugar paradójico que establecen entre la visión de los objetos ligados con el sonido y la temática que plantean: una discusión sobre el arte argentino.

Paradoja porque la construcción referencial, que funciona como punto de partida, será una muestra de pintura. Tanto el despliegue sonoro del músico, que no solo opera con consolas sino con un muestrario de objetos que devienen instrumentos en sus manos como la actividad sonora del actor que enfatiza el cambio de personajes con diferencias vocales e incluso con el uso de un megáfono, sumada a la incorporación de otros personajes a través de la voz en off, justificada o no, que puede provenir de “ningún sitio” o de un teléfono celular, multiplican al infinito las posibilidades de juego con lo sonoro. Pero uno de los paradigmas, sin duda, tiene que ver con la audioguía, que como todos sabemos permite realizar guías personalizadas en museos, parques, centros históricos y salas de arte y proveen información histórica, técnica y visual del objeto que está siendo visto. Recordemos, además que suelen estar disponibles en diferentes idiomas.

Claro que en este caso, en principio, no tenemos un museo en sentido estricto y además estamos en 1891. Cómo nos presentan la secuencia de la audioguía: tanto el músico como el actor, abandonan sus lugares y se sientan con sendos grabadores. En primer lugar, hay que decir que la audioguía tiene sentido si estamos frente a algún objeto visible, porque la información auditiva complementa, enriquece, hace observar detalles que pasarían inadvertidos. Lo único visible para los espectadores son los dos protagonistas sentados frente a público manipulando sus grabadores.

¿Cómo funciona la supuesta audioguía? En primer lugar, vimos que no lo es, digamos que tenemos el dispositivo de la audioguía pero alterado el uso, en primer lugar, y desplazado el contenido “informativo” por otro.

Ya observamos que nadie se desplaza observando cuadros, aunque en el inicio se escuche la siguiente afirmación:

“Hola. Soy tu audioguía. Si quieres saber más sobre la Exposición de cuadros organizada por la Sociedad de Beneficencia de las Damas del Carmen, presiona uno. ¡Presiona ahora!

Es necesario decir que, en ocasiones, simultáneamente se escuchan varias audioguías. Si el dispositivo es individual, cada “visitante” maneja su propio audio tour, en función de su recorrido, si por el contrario, el audio es general, para un grupo, ha de entenderse, la voz es única o a lo sumo dos voces, con la idea es obtener coherencia y orden en el recorrido. La superposición sonora, ya se sabe, impide acceder a cualquier tipo de información (es necesario recordar que la acumulación de sonido produce ruido). Pero a la vez, si uno atiende, por ejemplo, el recorrido de una de las audioguías ( o hace trampa y las lee después) podrá observar son sencillamente un delirio, la información que aportan de ningún modo podrían ser parte de la información ¿cómo se entiende el comentario de un cuadro que no está? ¿o la indicación de la promesa de la pintora de llevar otro en su lugar? ¿o la indicación de que finalmente no cumplió con su promesa?

Luego aparecen cuestiones, al menos, raras… la posibilidad de escuchar críticas auspiciosas de la muestra, o de las otras.

La indicación del “presiona” y la selección del idioma nos lleva a reconocer la audioguía manejada por el visitante… pero observamos que cuando ofrece el cambio de idioma, a continuación vienen el mismo texto, traducido, diciendo lo mismo.

“Si quieres que tu audio guía te acompañe en catalán, presiona 6”

“Si vols que la teva (…) premi sis” (audioguía en catalán)

Observemos que efectivamente es una traducción y que necesariamente la acción de presionar “6” se llevó a cabo puesto que están hablando en catalán… es decir, puro juego.

Cuando el contenido se acerca a lo que uno esperaría de semejante implemento, es decir, la descripción de un cuadro encontramos que no hay indicación de cuál sería el objeto descripto: no hay que dejarse engañar, si bien un aparato acaba de insistir “presione 17” el aparato que describe la naturaleza muerta es otro, la voz por lo tanto es otra… un dedo señalando a ninguna parte.

También nos prometen activar una pausa. Y una voz, proveniente del aparato, dice “Pausa” ¿Desde cuándo al presionar pausa, la voz indica “pausa”? que haya sonido, justamente indica que no que no hay es una pausa…

Estos pequeños ejemplos sirven para dejar sentado que hay una remisión al dispositivo “audioguía” en función de una utilización lúdica. Aparece el recurso “tecnológico” para desmentirse, para mostrarse inútil.

Apátrida, doscientos años y unos días es una propuesta de múltiples entradas. De esas escasas puestas para diferentes espectadores que pueden encontrar, multiplicadas, cosas que fueron o que no fueron a buscar.

Dramaturgia: Rafael Spregelburd
Actuan: Rafael Spregelburd, Federico Zypce
Músicos: Federico Zypce
Voz en Off: Erik Altorfer, Félix Estaire de la Rosa, Pablo Osuna García, Ruth Palleja, Monica Raiola, Zaida Rico
Escenografía: Santiago Badillo
Iluminación: Santiago Badillo
Fotografía: Gabriel Guz, Ale Star
Asesoramiento histórico: Viviana Usubiaga
Asistente de producción: Magdalena Martinez
Asistencia de dirección: Gabriel Guz
Dirección: Rafael Spregelburd

Foto: Ale Star

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Te quiero poco, y todo lo demás

jueves, 1 de septiembre de 2011


Por Malala González

Que el amor “tiene cara de mujer” podría ser una verdad de Perogrullo ya dicha, o una simple oda al amor tildado de femenino. Sea como sea, esta frase alude a cierto imaginario social (de sentido común, no más) que refiere a cómo las mujeres solemos sentir, pensar o querer la cuestión amorosa −aún cuando los estudios de género se hayan encargado de aportar sus dicotomías y controversias al respecto−. Ahora bien, aquel imaginario suele caer recurrentemente en lugares básicos o clichés donde el binomio amor/desamor no resulta para nada novedoso. Excepto (y aquí viene lo interesante) que el planteo romántico sea cometido mediante una des-locación: el encontrar a la media naranja puede costar más que un (dis)gusto. Algo de todo esto me surge luego ver Te quiero poco, y todo lo demás, donde se hace alarde del amor, claro que sí, pero desde un lugar distinto. Me refiero a que, con muy buen tino, ésta no resulta ser una obra “de mujeres”, sino que, como primer dato, la dirección y adaptación es llevada adelante por un varón, el joven Juan Arena. Esto, a mi modo de ver, permite que más allá de las vicisitudes y peripecias amorosas (narradas por una dramaturga, Adriana Gómez Piperno) sea esa mirada masculina la que articule toda la obra y la corra del lugar común; aportando así rasgos de originalidad escénica. De esta manera, “Te quiero poco…” nos invita a una historia de diván (muy bien construido desde lo tridimensional y funcional para la escena, violeta bien violeta como el programa de mano) en la cual dos actrices (Cecilia Pertusi y Ximena Seijas) ponen el cuerpo a una catarata de situaciones entrelazadas por el desamor. Mientras que una pianista (Sonia Kovalivker), ubicada en el margen derecho de la escena, matiza oportuna y musicalmente todo instante.

Me gustaría destacar que es una obra muy divertida, donde las actuaciones se presentan bien detalladas, según cada momento y estado de ánimo. Esto permite que el público se ría entusiasmado con la dubitación de Juana, con sus alocadas interpretaciones y con lo que su psico viene aportar o indagar al respecto. De pronto el “poco” cuantitativo sólo es una excusa para contar “mucho” desde lo escénico. Ese querer “poco”, cual “barco hundido” que no tiene remonte, es el puntapié para que el relato avance en un interesante juego con el decir del propio lenguaje. Así es como “poco” a “poco” las metáforas van teniendo cada vez mayor lugar, y el universo del amor parece ser una gran caramelera donde varias golosinas habitan y aguardan el ser elegidas.

Finalmente, la cuestión será la búsqueda por encontrar cuál es la golosina preferida y entablar con ella una relación de gusto, seducción y aceptación. Un relato sobre el amor delicioso, cómico y disfrutable desde lo actoral, lo musical y lo directorial. Por todo ello, no puedo dejar de recomendarla.

Ficha técnica

Dramaturgia: Adriana Gómez Piperno. Adaptación y dirección: Juan Arena. Elenco: Cecilia Pertusi y Ximena Seijas. Música en vivo: Sonia Kovalivker.

http://www.alternativateatral.com/obra20179-te-quiero-poco-y-todo-lo-demas

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El peor de los públicos

martes, 23 de agosto de 2011



Por Malala González

¿Qué decir de nuevo cuando una obra ya va por su tercera temporada? Tal vez, para empezar, sería bueno comentar algo al respeto de ese acontecimiento: su permanencia. El peor de los públicos
, de Binetti y Lisfchitz, es una obra que ha reanudado sus funciones por tercer año consecutivo, y en esta última oportunidad ha cambiado de sala teatral (Espacio Polonia, los sábados a las 21hs). Es entendible, entonces, que durante todo este tiempo hayan sido varias las críticas que han reseñado y/o dado cuenta de la labor de Binetti (como director y co-autor de la pieza) y de Lifschitz (como actor y co-autor). Sin embargo, me interesa rescatar un aspecto sobre el que algunas de ellas se han percatado: la cuestión de ser un unipersonal bastante particular. Veamos el porqué: Para contrarrestar a la nomenclatura de géneros o estilos dramáticos, esta obra no es (del todo) un unipersonal en el que actúa un sólo personaje parlante sino que, y aquí va su particular dispositivo, junto a éste aparece otro personaje: un muerto a su lado. De esta manera, El peor... se estructura a partir de dos personajes: uno vivo y otro muerto. Uno que maquilla y prepara al fallecido para su velorio, y el otro que aguarda, bien quietito, ser preparado. Atilio es el que lleva adelante la acción, pero sin duda, es José Luis Albornoz quien debe estar para que Atilio adquiera existencia. Y viceversa.

El espacio de trabajo que vemos, siempre el mismo, se va nutriendo de sentidos. Porque, a medida que Atilio acciona sobre el cadáver de José Luis, tienen lugar las anécdotas, los recuerdos del exilio y de la guerra, del océano y el viaje, de la vida y la familia. Un trabajo que Atilio heredó. Una profesión solitaria, dura, aprehendida en esas manos que preparan para una función final. Mientras que la vida que trae consigo José Luis resulta bien diferente. Al haber sido un actor de cine aparecen imaginarios relativos a la actuación, a cierto ámbito más social y de mayor exposición que aquel que compete a Atilio. Entonces, no sólo es la vida y la muerte la que los diferencia, sino que desde el relato mismo el antagonismo de sus vidas también se contrapone. Una estructura díptica de opuestos, capaz de generar reflexión, y por qué no, capaz de volverse nostálgica o entrañable. Una dramaturgia construida en dupla en la que también tiene lugar el humor.

Así, el dispositivo creado para no cortar con la cuarta pared, brilla en su esplendor. Y esa genialidad se disfruta. Por eso no es un monólogo parecido a otros, sino que allí radica la originalidad del suceso, en poder crear un verosímil teatral capaz de hacernos ver a un solo personaje parlante y no por ello tener que pensar que está hablando “solo”.

Por último, tres detalles para apuntar: la actuación contundente de Lifschitz, la armónica y precisa dirección de Binetti que hila escénicamente cada instante y la creación formidable del querido José Luis realizada por Norberto Laino. Tres coordenadas que acordaron para dar lugar a una pieza que se recomienda y mucho.

Ficha técnica:

Dramaturgia: Andrés Binetti y Alejandro Lifschitz. Actúa: Alejandro Lifschitz. Dirección: Andrés Binetti.

http://www.alternativateatral.com/obra14505-el-peor-de-los-publicos


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Catán

sábado, 20 de agosto de 2011


Por Malala González

En tiempos donde la desterritorialización y la globalización son materia corriente, Catán de Javier Dubra retoma la idea de lo propio y del pertenecer a un lugar, en este caso González Catán. Esta localidad/barrio, le sirve a Dubra para nombrar y recrear un panorama que, en primer lugar, nos resulta identificable. Pero veamos: se trata de un barrio en el que lejos quedó el fiado del panadero o verdulero, o el saludo entre los vecinos. En este Catán todo parece trastocado y nada parece justo. Ningún sueño parece cumplido y cierta fractura social se viene a imponer. Los personajes son seis jóvenes adultos que viven o vivieron allí y que en nada se parecen a cuando eran chicos y jugaban juntos en la calle. Simplemente porque la vida pasó. Ellos son: un matrimonio con una hija, una amiga vecina, dos patrones hermanos de ojos claros y una hermana que vuelve (después de mucho tiempo) a la casa familiar.

Sin instalarse en un escepticismo irrevocable, es el humor el que nos corre de las circunstancias dadas para contar lo que pasa allí. De esta manera, sin apelar a solemnidades o recuerdos de infancia fortuitos, Catán brinda un panorama bien cotidiano y realistamente construido. Los diálogos y modos de hablar de cada personaje resultan bien verosímiles, al tiempo que se vuelven factibles de ser reconocidos por cualquier espectador. Pero, ¡ojo! No es a partir de la parodia que los retratan, sino que hay un convencimiento en ese modo de decir/hacer/moverse, mientras permiten traslucir el padecimiento que compete a cada uno. La historia tiene lugar siempre en el comedor de una vieja casa (donde el espacio teatral resulta bien apropiado, puesto que se realiza en Defensores de Bravard), y a partir de entradas y salidas, nos enteramos de sus vidas, de sus destinos adquiridos, de sus frustraciones y descontentos. Un intento de poner en cuestionamiento cierta infelicidad provocada por el agobio y la rutina. Infelicidad rescatada, de algún modo, por la amistad.

Para destacar, principalmente: los diálogos y las actuaciones, que se vuelven pilares sobre los cuales se asienta la risa y la cotidianidad desplegada. El registro actoral se instala allí, y cada uno juega su rol con tamaña soltura. Se vislumbra cómo los seis actores entienden el juego, y pudiendo improvisar sobre lo escrito, se ve cómo disfrutan de estar trabajando juntos. Si bien la anécdota termina siendo simple, no por ello resulta menor, porque consideramos que hacia lo pequeño, lo cotidiano, lo que puede pasar desapercibido, hacia allí Catán apunta. Sin duda, es una muy buena obra, donde la risa desmesurada (generada en el público, y que se agradece) puede superar el llanto de tanta miseria social. Hay que verla.

Elenco: Diego Benedetto, Luis Contreras, Laura Espinola, Cecilia Rainero, Paula Schiavon y Carla Segalini. Dirección: Javier Dubra.

http://www.alternativateatral.com/obra18482-catan

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Manipulaciones II: Tu cuna fue un conventillo

lunes, 27 de junio de 2011


Por Mónica Berman

Dos indicaciones verbales nos advierten que no vamos a enfrentarnos a la propuesta de Alberto Vacarezza de manera directa; podríamos decir, no esperamos una reconstrucción arqueológica. La primera advertencia, está en el subtítulo: Aproximaciones a la pieza…, la otra aparece incluyendo esta puesta en una serie mayor: se nos presenta como “Manipulaciones II” (que presupone una anterior, y ¿por qué no, otra que le siga?).

No bien se ingresa en la sala de No Avestruz, comprendemos que la escenografía ha sido eludida, aunque el espacio está léxicamente aludido. Si hay manipulación de los cuerpos, habrá también manipulación verbal: el conventillo está desplegado en las palabras, en el vestuario y en algún que otro gesto.

Una de las cuestiones más impactantes de la propuesta es cómo jugando con el texto dramático de Vacarezza (con un trabajo léxico que opta por no desvirtuarlo) lo hace devenir en otro género. Uno podría decir, si alguien todavía duda de las operaciones de transposición que implica el pasaje de un texto dramático a una puesta en escena, aquí tiene el ejemplo más cabal. Son dos universos distintos, y lo son en todo sentido, excepto, casi, en el de las palabras. Porque además inscribe sus Manipulaciones en el extremo opuesto en relación con lo ideológico, lo que era costumbre, lo que aparecía naturalizado, aquí aparece exhibido y subrayado. Y la clave es cómo lo hace, los personajes (los mismos personajes) dicen (casi) las mismas cosas pero no hay patio de conventillo, los cuerpos ocupan todo el espacio y son cuerpos sujetos - objetos de manera intercambiable (otro dato sumamente interesante es que en la escena todos manipulan y todos son manipulados).

El trabajo es tan exquisito que merece un análisis puntual de cada una de las decisiones que se toman en relación con la manipulación: cuando todos operan sobre un actor (cómo lo toman y cómo lo sueltan), cuando lo hacen solo dos, o uno solo. En ocasiones breves, un actor queda (provisoriamente, ¿en acto de inútil resistencia?) sin que nadie lo manipule; alguna vez, un acto de manipulación deviene abrazo de baile, otra, quien manipula se transforma en asiento… en fin. Cada paso aparece cuidadosamente trabajado, sabiendo que todo acto significa en el sistema de la escena.

Por otra parte, este mecanismo no impide que los actores se luzcan como tales, multiplicando su presencia en tanto personaje y en tanto manipulador.

Como además, no hay “salida” en sentido estricto del campo de visión del espectador, el artificio sigue subrayándose. Y con él, miles de preguntas, sobre el teatro, sobre la sociedad la pasada y la presente, sobre la discriminación bajo múltiples formas, sobre la consideración de la noción de clásico…


FICHA TÉCNICA


Autoría: Alberto Vaccarezza. Adaptación: Gastón Mazieres. Actúan: Patricio Alvarado, Marco Alvarez, Diana Cortajerena, Germán Fonzalida, Claudio García, Natalia Moschettoni, Federico Pérez Gelardi, Luciano Rosini, Claire Salabelle y Agustina Suárez.

Dirección: Diego Starosta

http://www.alternativateatral.com/obra18930-manipulaciones-i-i-tu-cuna-fue-un-conventillo

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Lisboa


Confieso que he viajado

Por Malala González

Un lugar, una guía turística, un mapa urbano poético, un puerto, gente de allí y gente de allá son algunos de los eslabones que presenta la partitura dramatúrgica y escénica creada por Mariela Asencio; la cual sorprende, deleita y sensibiliza. Individuos altamente definidos desde lo emocional que, inmersos en una geografía íntima y cálida, se apoyan sobre un colchón de canciones para mostrarnos la ruta de acceso a sus angustias y frustraciones.

Un lugar: Lisboa. Una canción: el fado. Un estado de ánimo: la nostalgia. Un objeto: la botella (con bebida alcohólica). Una circunstancia: el ser extranjero/ turista/ observador/partícipe...De todo esto nos habla la obra, cual viaje etílico comandado por una guía turística, y secundado por un turista, una prostituta, una Ella (que quiere) y un Él (que la desprecia), una extranjera (que habla en otro idioma) y un músico. Ellos son los instrumentos que van tocando las notas de esta pieza armónica, se la mire por donde se la mire, porque nada disturba.

Así, la anécdota combina una oscilación entre lo general autóctono y lo particular subjetivo de este lugar. Como un viaje que va de lo panorámico −desprendido del qué se puede hacer allí, cómo es su idiosincrasia, qué paisajes nos devuelve la ciudad portuguesa− al viaje individual –a partir de los relatos, perfiles, personalidades, deseos y frustraciones de cada personaje−. Por su parte, la escenografía, las canciones y el vestuario, junto con las siete espléndidas actuaciones completan este relato ficcional que no se regodea por lo que minuto a minuto consigue a nivel narrativo sino que −lejos de ser pretensioso− sorprende y arriesga sobre los cambios ciclotímicos que van del humor a la emoción constantemente. Y este fluir anímico se muestra como una decisión por parte de Asencio, que el público aprueba y rectifica.

Recomendaciones para el viajero: simplemente disfrutar y dejarse llevar por el viaje que se despliega cual pimpollo y desborda su enorme sensibilidad… ¡Oh, Lisboa, Lisboa, qué ganas de estar allí!

FICHA TÉCNICA

Dramaturgia y dirección: Mariela Asensio

Actúan: Raquel Ameri, Facundo Cardosi, Myriam Henne-Adda, Víctor Labra, Marina Lovece, Dolores Ocampo y Ariel Pérez de María.

http://www.alternativateatral.com/obra20097-lisboa-el-viaje-etilico

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